Mes:** Abril · **Receta del capítulo:** ver `recetas.md`
Abril había llegado a Düsseldorf con lluvia persistente y cielos de acero. Las calles, rectas y eficientes, parecían repetir en bucle la misma frase gris. En su estudio, Sebastian contemplaba los pinceles como si fueran restos de una batalla perdida. Las pinturas estaban secas, no por falta de agua, sino por ausencia de alma. Llevaba días con la sensación de estar viviendo una vida prestada.

La conversación con Marina en marzo —sus palabras, su sonrisa entre buñuelos, su forma de hablar del fuego como si hablara del destino— le habían dejado algo más que un recuerdo. Le habían encendido una pregunta que ya no podía ignorar:
**¿Y si todo pudiera ser diferente? ¿Y si aún estaba a tiempo de cambiarlo todo?**
Sin pensarlo demasiado, reservó un vuelo. No para documentar un mercado ni para entregar un encargo. Esta vez no llevaba plazos ni clientes. Llevaba una necesidad. **La de respirar sin reloj. La de escuchar su vida en vez de obedecerla.**
Al aterrizar en Alicante, el aire olía a sal, a naranjos y a promesa. Al llegar a Dénia, el sol le recibió sin fuegos artificiales, pero con esa luz cálida que parecía invitar a quedarse.
Dejó la mochila en una pensión modesta cerca del centro y, mientras tomaba un café en una terraza frente a un escaparate de flores, vio un cartel colgado en el tablón del bar:
**“Ruta guiada por el Parque Natural del Montgó. Sábado, 9:00h. Aromas, historia y paisaje.”**
No lo dudó. Apuntarse a esa caminata le pareció el acto más lógico del mundo. Como si el Montgó fuera una puerta que siempre había estado ahí, esperando a que él decidiera cruzarla.
Sin saberlo aún, aquella montaña, milenaria y serena, le iba a regalar mucho más que un paisaje.
Los días de abril comenzaban a oler distinto en Dénia. La brisa traía consigo fragancias más suaves, como si la primavera quisiera vestirse de romero y azahar para acariciar a quienes aún caminaban con bufanda. En la cocina de Ca la Mar, sin embargo, todo seguía girando a otro ritmo: comandas, llamadas, proveedores, fuegos que no descansaban.

Marina había pasado semanas sumida en esa rutina vibrante y extenuante. Tras el concurso de cocas y el éxito inesperado, su restaurante había ganado visibilidad, y con ello, más presión. Pero por dentro, algo había cambiado.
Desde aquel paseo entre fallas con Sebastian, algo nuevo le había despertado. Una parte de sí que había guardado bajo llave durante años, esperando un permiso que nunca llegaba: el permiso de vivir más allá del delantal.
Un jueves por la tarde, mientras organizaba los menús del fin de semana, vio una notita pegada en el corcho de la cocina. Una de las camareras había dejado información sobre una excursión al Montgó organizada por una asociación local. “Aromas, historia y paisaje”, decía el cartel.
Marina lo arrancó sin pensarlo demasiado.
No sabía bien por qué lo hacía. Quizás porque necesitaba volver a pisar tierra sin baldosas. Quizás porque deseaba comprobar si aún recordaba los nombres de las plantas silvestres que su abuelo le enseñaba de niña. O quizás —aunque no lo diría en voz alta— porque le apetecía recordar cómo era caminar sin mapas.
El sábado, al amanecer, se puso unas deportivas viejas, una sudadera con olor a lavanda, y guardó en su mochila una botella de agua y un bocadillo casero que preparó con mimo, casi como un pequeño ritual: figatells con romero y ajo, tomate fresco, y una cucharada generosa de mahonesa casera.
No sabía con quién se encontraría en aquella ruta. Pero sí sabía lo que buscaba: una pausa. Un respiro.
Y quizás, sin saberlo, una sorpresa.
El grupo de senderistas era más numeroso de lo que Marina había imaginado. Alrededor de veinte personas, de todas las edades, con bastones, mochilas, gafas de sol y esa mezcla de entusiasmo y café con leche recién tomado. Ella llegó puntual, saludó con una sonrisa educada, y se colocó en la parte media del grupo. No conocía a nadie, y eso le encantaba.

Apenas diez minutos después de comenzar el ascenso por el sendero que se adentraba en la falda del Montgó, Marina ya notaba cómo su cuerpo se acomodaba a ese otro ritmo. El paso firme, el aire fresco entrando a los pulmones, el olor a lavanda silvestre… Era como recordar una lengua que había dejado de hablar pero no de entender.
Mientras tanto, unos metros más atrás, Sebastian no podía decir lo mismo.
Vestía ropa deportiva recién comprada en un duro free del aeropuerto, llevaba una mochila con más cuadernos que agua, y había subestimado el desnivel del terreno con un optimismo típicamente artístico. A los quince minutos de caminata, ya sudaba como si estuviera en una clase de spinning en alemán.
—¿Esto es normal…? —le preguntó entre jadeos a un senderista con bastón y sonrisa de jubilado feliz.
El hombre le palmeó el hombro con simpatía.
—Esto es solo el calentamiento, chaval.
Sebastian sonrió como pudo y siguió caminando, tratando de disimular lo torpe que se sentía entre piedras sueltas, ramas bajas y piernas ajenas mucho más ágiles. Miraba al suelo para no tropezar y al cielo para recuperar el aliento.
Fue en uno de esos momentos en los que levantó la cabeza, buscando oxígeno y dignidad, cuando escuchó una risa a pocos metros. Una risa que reconocería en cualquier parte.
Marina.
Ella charlaba animadamente con una mujer de rizos grises, señalando unas matas de tomillo silvestre. Llevaba una coleta alta, las mejillas rosadas por el ejercicio y una vitalidad luminosa que contrastaba con el jadeo contenido de Sebastian.
Él se quedó quieto un segundo, observándola desde la distancia. Dudó si saludar, si esperar, si fingir casualidad o revelar sorpresa. Pero fue su acento alemán —traidor e inconfundible— lo que la delató.
—¿Sebastian?
Marina se giró con el ceño fruncido, intentando adivinar si era él de verdad o un espejismo entre pinos y sol.
Él se quitó la gorra y las gafas de sol, sonriendo como quien ha sido descubierto sin querer esconderse.
—Hola... parece que el Montgó también hace de celestino.
Ella rio con incredulidad.
—¿Qué haces tú aquí?
—Intentando sobrevivir, de momento —bromeó, secándose el sudor de la frente—. Pero también... buscando aire. Y parece que lo he encontrado.
Caminaron juntos desde ese momento. Al principio con frases sueltas, bromas sobre su estado físico, comentarios sobre la belleza del paisaje. Poco a poco, como ocurre con las buenas caminatas, el silencio se hizo cómodo, y luego volvieron las palabras, los gestos, las confesiones pequeñas.
Y el Montgó, testigo antiguo de historias sin nombre, los vio andar, sin que ninguno supiera muy bien hacia dónde... pero sabiendo que no caminaban solos.
El grupo se detuvo al pie de un claro abierto entre pinos carrascos, con una vista espléndida de Dénia a lo lejos, como una acuarela desdibujada por la luz de abril. El guía alzó la voz para anunciar la pausa del almuerzo, y poco a poco los caminantes fueron tomando asiento sobre rocas planas, troncos secos o simplemente sobre sus mochilas.

Sebastian se sentó con cuidado sobre una piedra cálida por el sol y sacó... nada.
Rebuscó en la mochila como quien espera que la comida aparezca por arte de magia, hasta que soltó una carcajada resignada.
—Me temo que sigo aplicando la lógica de ciudad: pensé que habría un bar al final del sendero.
Marina, sentada junto a él con una botella de agua en la mano, lo miró de reojo y negó con una sonrisa.
—En el Montgó, el lujo es lo que traes contigo... o lo que compartes.
Abrió su mochila y sacó un envoltorio de tela de cuadros. Dentro, un bocadillo de pan crujiente que soltó un leve aroma de romero y tomate al deshacer el nudo.
—Figatells con romero, ajo, tomate y un poco de mahonesa casera. Debería durarme todo el camino... pero creo que puedo compartirlo —dijo, ofreciéndole la mitad sin mirar directamente.
Sebastian la tomó con ambas manos, como si fuera algo más que comida.
—Eres la única persona en el mundo que me ha salvado dos veces de pasar hambre —bromeó.
—Soy cocinera. Es parte de mi naturaleza.
Comieron en silencio unos segundos. El pan crujía, el sol templado acariciaba las mejillas, y un par de abejas rondaban una flor cercana sin molestar.
Entonces Sebastian, aún con la mirada en el horizonte, habló.
—Esta vez no he venido por trabajo.
Marina lo miró, sin interrumpirlo.
—No tengo ningún encargo, ninguna galería esperando mis acuarelas, ningún mercado que pintar. Solo vine... porque lo necesitaba.
Respiró hondo, como si por fin se permitiera decir en voz alta lo que llevaba semanas rumiando en silencio.
—Alemania me pesa. Es como un abrigo mojado que ya no me calienta. Trabajo sin descanso, dibujo sin ganas. Allá todo tiene que ser útil, rápido, rentable. Y yo… yo ya no sé vivir así. En cambio, cuando estoy aquí, en Dénia... es como si algo dentro de mí recordara cómo respirar.
Guardó silencio unos segundos.
—Tenía que volver. Aunque no sabía exactamente por qué.
Marina no respondió de inmediato. Solo asintió lentamente, comprendiendo sin necesidad de preguntar más.
Lo que él no se atrevió a decir —lo que se le quedó atascado en la garganta, entre el pan y la emoción— fue que esa sensación de respirar libremente no venía solo del sol ni del mar ni del paisaje.
**Venía de ella.**
Después del almuerzo, el grupo retomó la marcha por un sendero más estrecho que serpenteaba entre pinares y espartos. El sol se filtraba entre las ramas, y el aire traía consigo ese perfume único del monte: mezcla de tierra, savia y mar lejano.

Sebastian, con el estómago agradecido y el corazón aún latiendo por lo no dicho, caminaba más liviano. Marina a su lado, reía con esa risa suya que parecía brotar desde el pecho sin pedir permiso.
—¿Sabes ese chiste del pastor y la cabra que se escapa? —le preguntó Marina, divertida.
—No... pero suena prometedor.
—Pues resulta que un pastor pierde a una de sus cabras y se pasa todo el día buscándola. Cuando la encuentra, la cabra está en lo alto de una roca. Y el pastor dice: “¡Te he buscado como si fueras mi mujer\!”. Y la cabra le responde: “¡Y yo he huido como si fueras mi marido\!”.
Sebastian la miró, frunciendo el ceño con concentración absoluta.
—¿Y eso es gracioso... por?
Marina se echó a reír otra vez.
—¡Es por el doble sentido\! ¡Que la cabra huye del pastor como una esposa harta de su marido\! Es una broma sobre parejas…
—Ah… entiendo… —dijo él, y luego sonrió con aire travieso—. En mi país, las cabras no hablan tanto.
Ella soltó una carcajada, justo en el momento en que pisó mal una raíz oculta bajo la tierra suelta. El gesto la desequilibró. Su pie resbaló hacia un costado del sendero, y en cuestión de milésimas, su cuerpo perdió el eje.
—¡Marina\!
Sebastian reaccionó sin pensar. Extendió los brazos, la sujetó por la cintura y tiró de ella con más fuerza de la que pensaba que tenía.
Durante un segundo que se sintió eterno, quedaron así: ella temblando levemente, con las manos apoyadas sobre el pecho de él; él sujetándola con firmeza, sintiendo cómo el mundo se encogía en el espacio entre sus respiraciones.
El viento, caprichoso, se detuvo.
Las ramas dejaron de moverse. Las palabras huyeron.
Solo sus ojos hablaban, y lo hacían en un idioma nuevo, delicado y lleno de posibilidades.
—¿Estás bien? —dijo una voz a lo lejos.
Era el monitor del grupo, que se había girado al oír el ruido.
Marina se separó suavemente de Sebastian, aún con las mejillas sonrojadas.
—Sí... sí, todo bien. Solo un mal paso.
—Menos mal que tenías a tu cabra alemana cerca —murmuró Sebastian con una sonrisa.
Ella le lanzó una mirada entre divertida y cómplice. Luego siguieron caminando, esta vez un poco más cerca, un poco más en silencio... como si ambos supieran que algo —quizás algo pequeño, quizás algo inmenso— acababa de cambiar.q
La ruta terminó con una suave bajada entre matorrales de aliaga en flor. El grupo, aunque cansado, reía, compartía fotos y despedidas improvisadas. Algunos ya se intercambiaban teléfonos para repetir la experiencia. Pero Marina y Sebastian caminaban en silencio, uno al lado del otro, como si la caminata aún no hubiese terminado, como si sus pasos necesitaran más tiempo juntos para entender lo que acababa de ocurrir.

—Mañana vuelo de vuelta a Düsseldorf —dijo él, sin mirar al suelo ni al cielo, solo al camino que les quedaba—. Pero esta vez no quiero dejarlo en el aire.
Marina lo miró de reojo.
—¿El qué?
—Lo nuestro. Lo que está empezando, lo que sea que esto sea. Me gustaría verte en mayo. Que me digas tú qué día tienes libre, sin turnos, sin fogones, sin compromisos. Solo tú. Y yo.
Ella se detuvo un segundo, como si buscara la respuesta en la brisa.
—Mitad de mayo. El sábado 18\. Tengo el restaurante cerrado por reforma de cocina. Podría ser ese día.
—Perfecto. El 18 entonces —respondió Sebastian con una sonrisa que le encendió los ojos—. Lo marco ya como mi día favorito del mes.
Siguieron caminando, hasta que el grupo comenzó a dispersarse en el aparcamiento. Marina le dio un abrazo ligero, casi tímido, pero en ese gesto había una dulzura que hablaba más que cualquier despedida.
—Nos vemos en mayo —dijo ella, sin necesidad de decir más.
Y se marchó con paso firme, como si no quisiera mostrar que el corazón le bailaba bajo el jersey.
Sebastian la vio alejarse y supo que no quería subirse a ese avión. Pero tenía que hacerlo. A regañadientes, volvió al hotel, hizo la maleta sin pensar y tomó el vuelo de vuelta a Alemania con el cuerpo en un país… y el alma en otro.
En su cabeza, el recuerdo del tropiezo —de su cuerpo sosteniéndola, de sus ojos clavados en los suyos— se repetía como una película que no cansaba.
Y mientras el avión despegaba entre nubes, sonrió.
**Porque por primera vez en mucho tiempo, tenía una meta real: contar los días hasta el 18 de mayo.**
### ✨ Frase del mes:
“A veces, el alma necesita menos palabras y más bocadillos compartidos.”
